«Salomón,
tras recibir en el sueño las instrucciones de JHWH,
al respecto de iniciar las tareas de construcción
del Templo, las emprende siguiendo las instrucciones dadas
por el viejo profeta Natan. Para comenzar estos trabajos
Salomón, que gobierna un pueblo de pastores trashumantes,
no asentados y, por lo tanto, no instruidos en el arte de
construir, recabará los esfuerzos de un hombre versado
en estas artes y, por ello, lo reclamará de allí donde
estos oficios son casi sagrados y sirven al poder para mejor
expresar su esplendor: de Egipto. En señal del pacto,
Salomón casará con la hija del faraón
Saimón, que se desplazará a vivir en Jerusalén
conservando su religión y levantando con ello las
primeras críticas de los levitas al nuevo estado de
las cosas en Israel.»
El emperador egipcio designará a un experimentado arquitecto
de nombre Hiram Habib
(Hiram el Fundidor) para el trabajo de construir el Templo
en Jerusalén. Como ya se ha dicho de la enemistad a
niveles populares entre egipcios e israelitas, cosa que no
sucede a nivel de gobernantes, conviene en que ese arquitecto
que viene de Egipto y, por lo tanto, está instruido
en las técnicas de la cantería, el arte de fundir
metales, los secretos de la geometría y conoce de los
modos de organización en los capataces, maestros, albañiles
y aprendices, disimule su verdadera nacionalidad y la esconda
bajo la lengua y los modos de un fenicio, país vecino
y amigo de los israelitas. Los fenicios intervendrán
de manera decisiva y peculiar en esta historia y es de manera
no ajena a aquellas características conductas que se
han dado en llamarse «fenicias» cuando hacen referencia
al talante mercantil y negociador. Ya entonces se procuraba
tan laborioso e ingenioso pueblo en labrarse una fama en la
historia. Sucedía, a la sazón, que el pueblo
israelita, gente nómada y del pastoreo -al menos hasta
entonces-, necesitaba de maderas y metales para construcción
de su Templo y al ser Galilea tierra pobre en ambas riquezas
procuraron el concurso del comercio fenicio para procurar allegar
tales materiales. A tal fin, los fenicios convinieron con Balkis,
la reina de Saba, que su reino proveyera los metales, ellos
proveerían de las maderas de sus cedros e instrumentarían
la operación comercial aceptando en pago las producciones
agrarias y ganaderas de los israelitas. Cobrarían una
comisión a Salomón y otra a la reina de Saba
por la mediación, darían trabajo a su flota y
venderían la madera de los bosques libaneses.
¡Todo un negocio! Los israelitas pagaban al rey de Tiro
veinte mil fanegas de trigo y veinte mil cántaras de
aceite por año. Además permitirían que
el arquitecto enviado por los egipcios adoptara la nacionalidad
fenicia al decir ser hijo de padre fenicio y madre de la tribu
de Neftalí y tomara el nombre del entonces rey fenicio,
curiosamente también llamado Hiram. Y en estas llegó a
Jerusalén el arquitecto Hiram-Habib para emprender los
trabajos de construcción del Templo, según las
instrucciones que se tenían desde las profecías
de Natan, de las instrucciones particulares de Salomón
y de las características específicas del Tabernáculo,
hasta entonces trashumante, que albergaba el Arca de la Alianza.
El Templo habría de ser el nuevo Tabernáculo.
Por cierto y al hilo de la capacidad de evocación que
esta materia ha tenido entre los arquitectos de todos los tiempos,
conviene repasar los dibujos de Le Corbusier sobre ese Tabernáculo.
Cuando Hiram llegó a Jerusalén su primera tarea
fue la de organizar a los israelitas en gremios y oficios con
los que emprender los trabajos. A tal fin, comenzó instruyendo
a unos cuantos, que a su vez instruyeron a otros y estos a
muchos más con objeto de instruir a los israelitas en
labores para ellos desconocidas como tallar y pulir la piedra,
transportarla, fundir los metales, fabricar los instrumentos,
cortar y ensamblar finamente las maderas, trabajar las piedras
duras, fabricar poleas y cabestrantes, conducir el agua, acopiarla,
mover las tierras y, sobre todo, entender las ordenes y establecer
unos códigos de representación y lenguaje para
comunicar y transmitir el oficio para ejecutar todas estas
nuevas tareas, nuevas al menos para los israelitas.
Por
ello, bajo el mando de Adonirán -persona de la confianza
de Salomón- se enviaron a Tiro, a perfeccionarse en
estas artes, a treinta mil hombres, en tres turnos de diez
mil cada mes. Al final del proceso de instrucción y
organización había tres mil trescientos capataces
de obras, o maestros, treinta mil obreros especializados, setenta
mil cargadores y ochenta mil canteros en las montañas.
Todo un ejército organizado desde los gremios y los
oficios. El embrión de un nuevo orden social y, todo
ello, dirigido por un arquitecto extranjero. Era evidente que
esto empezó a sentar un profundo malestar en la casta
levítica, hasta entonces la más privilegiada
por ser la depositaria de la ritualidad litúrgica y
tener con ello el práctico monopolio de la escritura,
la lectura y la administración del reino. Estaba empezando
a nacer una nueva y distinta organización social fuera
del ámbito jurisdiccional levítico y ello con
el apoyo del rey Salomón, que con ello fortalecía
su poder al hacer más sabio y complejo a su pueblo,
de una parte, y de otra al contraponer un nuevo poder al ya
viejo -y único- de las castas sacerdotales. Estando
ya concluido el Templo, en cuyos trabajos se emplearon siete
años, se inició la construcción del Palacio
de Salomón, que también fueron encargados al
arquitecto Hiram-Habib. Este simultaneó estos trabajos
de cantería -la formación de fábrica de
obra civil del palacio- con las tareas de decoración
y remate del atrio del Templo. A tal fin sale a relucir el
oficio de fundidor del arquitecto Hiram.
Y esto se presta a un juego de sutiles interpretaciones y
equívocos, según las fuentes documentales que
usemos, que en unos casos (los más canónicos)
atribuyen a Hiram de Tiro (el rey) la autoría moral
de los planos del Templo por vía de instruir en Tiro
a los treinta mil albañiles de Israel dirigidos por
Adonirán, y a Hiram- Habib (el fundidor) la autoría,
exclusivamente, de la fundición de los objetos simbólicos
y ritualísticos de naturaleza metálica que adornaban
el atrio del Templo. Sin embargo los textos no canónicos
y las tradiciones simbólicas unen en una sola persona,
la de Hiram- Habib, el arquitecto y fundidor, ambas tareas
y competencias. Y esto no es casual ni gratuito. En la descripción
canónica de las tareas de fundición de las columnas
-las piezas más importantes del aparato simbólico
que enmarcaban la entrada al templo todo transcurren normalmente
y no se relata incidencia alguna en tan trabajosa tarea. Sin
embargo en el relato, según la tradición esotérica,
de este episodio la fundición de las columnas se convierte
en un estrepitoso fracaso. Veamos como pudieron suceder estos
hechos.
Al parecer, y en esto coinciden las descripciones canónica
y heterodoxa, la reina de Saba, Balkis, que había establecido
comercio con los israelitas a través de los fenicios,
decide viajar a Israel a conocer a Salomón, joven monarca
de creciente fama en aquella siempre conflictiva y turbulenta área
geográfica. Por ello se desplaza a Israel con su séquito
cuando ya están concluidos los trabajos civiles del
Templo, se están iniciando los del Palacio y se van
a fundir las grandes columnas del atrio y demás objetos
de decoración y culto como el Mar de Bronce, los candelabros
o las basas de bronce.
Pero algo había cambiado ya en el corazón de
Salomón respecto a su confianza y cariño hacia
el arquitecto Hiram-Habib. Las murmuraciones de los levitas,
menoscabados -o así creían ellos- en su poder
por el creciente desarrollo e influencia de los gremios de
constructores instruidos y dirigidos por el arquitecto Hiram,
comenzaban a afectar el juicio de Salomón predisponiéndole,
aunque fuera de manera incipiente, contra el arquitecto al
que atribuían una voluntad conspiratoria contra Salomón.
Y en esto llegó Balkis, la reina, mujer al parecer de
extraordinaria belleza. Y como en toda buena película
francesa se debe proceder a chercher la femme.
Al parecer Salomón quedo prendado de Balkis y, si bien ésta
pudiera, tal vez, haberle correspondido en sus ardores, se
impuso el buen criterio de la reina, que con más juicio
que Salomón comprendió que, de fomentar las esperanzas
del israelita, éste pudiera acabar repudiando a su esposa
egipcia, la hija del emperador Siamón. La importante
condición de Balkis no permitía a Salomón
tomarla como concubina, como sucedía con otras bellas
extranjeras de menor condición, y de prosperar en sus
amores, la culminación formal de los mismos -cosa inevitable-
era un matrimonio que, por el repudio que antes exigía,
hubiera ocasionado un fuerte incidente diplomático con
los poderosos vecinos egipcios, agraviados entonces por la
ofensa inferida a la dignidad de la esposa repudiada. Tal supuesto
acarrearía funestas consecuencias para la estabilidad
política y militar de un área que ya desde entonces
se caracterizaba por todo menos por ser apacible. El poderoso
sentido común de la de Saba refrenó el talante
apasionado de Salomón, que si bien seguía enamorado
de ella no era correspondido. Por el contrario Balkis quedo
prendada del arquitecto-fundidor y, con ello, se anudaron los
celos en el corazón del poderoso rey israelita.
Pero sigamos con los hechos y aparquemos, por un momento,
las pasiones y el erotismo meso oriental. Estaban así las
cosas entre los protagonistas del drama cuando Hiram debía
comenzar la fundición de las grandes columnas del Templo,
la tarea más complicada de las previstas. A tal fin
se dispuso un gran espectáculo en que Salomón
y Balkis adornarían con su presencia el acto festivo
de la difícil fundición -espectáculo de
fuego y luz en la noche- al que se había convocado,
para su solaz y admiración, al pueblo todo de Israel.
Benoni,
el fiel ayudante fundidor del maestro Hiram, había sorprendido
al caer la noche los trabajos de daño al molde del vaciado
que habían saboteado tres obreros, Fanor el sirio, albañil;
Anru el fenicio, carpintero; y Matusael el judío, minero.
Benoni avisó a Salomón de la sevicia preparada
y este calló y guardó para sí el aviso
que debió trasladar a Hiram, pues celoso de los favores
que presumía que Balkis concedía al arquitecto
deseaba para éste un fracaso en la tarea cumbre de su
oficio. Los celos siempre llevan a perder el sentido común,
pues como dice Montesquieu en un país -el del espíritu-
en que el amor es el mayor interés, los celos son la
mayor pasión. No sin ironía Freud, que reduce
el sentimiento amoroso a una sobrestimación del objeto,
divide los celos en tres clases: competitivos, proyectados
y delirantes. Los primeros son narcisistas y edípicos;
los segundos imputan al ser amado una culpa, ya sea real o
imaginaria, que pertenece al yo; los terceros, al borde de
la paranoia, toman como su objeto, generalmente reprimido,
a alguien del propio sexo. Salomón saltaría por
encima de la variedad normal o competitiva, se demoraría
brevemente en el tipo proyectado y se centra cruelmente en
el modo delirante. Pero continuemos con nuestra historia.
Por la noche, ante la expectación de todos, se pone
en marcha el artificio, éste fracasa clamorosamente
y Benoni, horrorizado por lo que ocurre, se arroja a la lava
ardiente y fallece para procurar la expiación de su
culpa por negligencia en el obligado aviso a su maestro. Tras
ello, abandonado por todos, Hiram se duele ante su obra destruida.
A partir de este punto del relato se exponen las causas por
las que la literatura canónica omite el relato de estos
hechos. Veamos lo que sucede en adelante.
Cuando Hiram, abrumado, contempla los restos del destrozo
surge ante él una figura brumosa y brillante que, engalanada
en su cabeza con una mitra de corladura y llevando en la mano
un martillo de herrero, le apela a que abandone la pena y le
acompañe en un viaje mistérico, que le lleva
a un remoto lugar de su espíritu - para Hiram desconocido-
donde esta figura se identifica como el terrible Tubal Caín.
Allí le muestra ese lugar desconocido, que la figura
brumosa señala como la casa de Enoc, al que los egipcios
llaman Hermes y los árabes Esdris. Tubal Caín
instruirá a Hiram en lo esencial de las tradiciones
de los cainitas, los herreros, los dueños del fuego.
Luego le mostrará a Enoc, el que enseñó a
los hombres a hacer edificios, a Mavel que enseñó la
carpintería, a Jabel el que cosía pieles y las
curtía para construir tiendas, a Jubal el músico,
a Hirad el conductor de aguas y maestro de riegos, y a los
demás maestros primigenios y, por fin, al maestro de
maestros, el propio Tubal Caín. Este último acababa
de transmitirle a Hiram Habib los principios de la tradición
luciferina. Tras esta iniciación, el Arquitecto volvió al
mundo superior de las luces y del día y recomenzó sus
trabajos que, esta vez sí, culminaron en un gran éxito.
Toda
esta historia, por evidente, proviene de los herreros cainitas
de las proximidades del Sinaí y, por emplear una expresión
del mundo tántrico, es una historia de la mano izquierda,
en la terminología esotérica ordinaria divulgada
por Helena Petrovna Ba. Es lógico que la canónica
suprima esta parte del relato, que seguramente no fue cierto,
aunque sus orígenes se encuentren en la visión
talmúdica expuesta. Por ello, en la Biblia el resultado
de la fundición fue un éxito desde el primer
intento, evitando así la bajada a los infiernos del
arquitecto Hiram, al que la Biblia sólo hace fundidor
y no arquitecto. Se evita con ello que la tradición
luciferina vuelva al mundo, y menos de la mano de los arquitectos.
En el relato bíblico, el oficio de construir no está asociado
con el de fundir, por ello Hiram sólo es fundidor, pues
es el que funde, el que maneja el fuego, es de estirpe cainita
y, por lo tanto, de la estirpe de hombre. Es lógico
que el constructor que traza los planos de la casa de Dios
no venga de esa línea, de esa mano, y por tanto los
planos son trazados directamente por Dios a través de
las profecías de Natan y luego de Ezequiel. La figura
del arquitecto queda diluida en el relato bíblico en
una tarea colectiva y no existe una especificidad competencial
expresa sobre la figura de Hiram en esta materia. Se pretende
evitar la idea de que el fundidor -el cainita y extranjero
venido de Egipto- sea también el artífice del
proyecto esencial del Templo. Esto pondría en una posición
incómoda a aquellos descendientes de Abel que ven en
el arquitecto Hiram la legitimación posterior de los
descendientes de Caín, a los que JHWH permitiría
la realización de Su Primera Casa en la tierra. No es
casual, en esta línea, que la tradición no canónica
hable de un enfrentamiento desde el principio de los trabajos
de la construcción del Templo entre los levitas y el
arquitecto y sus gremios. ¡Tampoco los arquitectos somos
para tanto! Al menos hoy día.
En esa crónica luciferina hay un último dato
que Tubal Caín revela a Hiram Habib. Es el de decirle
que Balkis, la de Saba, es de la estirpe de Caín y por
lo tanto el destino la llevará hacia Hiram, para ser
su esposa. Al menos para que éste siembre en ella la
semilla de una futura descendencia cainita. Pero, volvamos
a los hechos que sucedían en Jerusalén cuando
nos fuimos a conocer estas historias.
Tras la aventura de la fundición, en uno o en dos intentos,
es decir con un Hiram que, en el primer caso, sólo es
bueno y, en el segundo, también; y, a la vez, es malo
-aquí el principio de dualidad-, los trabajos se terminan
e Hiram va a cumplir el final de su contrato. Habíamos
dejado la situación del relato en una Balkis enamorada
de Hiram, y embarazada de él, a un Salomón celoso
y prevenido contra Hiram; a unos levitas intrigando contra
el creciente poder de los gremios constructores en menoscabo
de su casta sacerdotal y procurando la expulsión de
Hiram del reino de Israel. En ese escenario de presumible tragedia
tres albañiles a los que Hiram no ha elevado a la categoría
de capataces y que están molestos por ello, ofrecen
sus servicios homicidas a los sacerdotes levitas que, sabiendo
el incipiente odio que en el corazón de Salomón
anida contra Hiram, les pagan el salario del crimen y asesinan
al arquitecto en una noche sin luna tras una emboscada cobarde.
Salomón no fue un asesino, al menos en el estricto sentido,
pero consintió que sus ministros levitas lo fueran.
Su mano no se manchó con la sangre del arquitecto, pero
no cortó la mano de aquellos que pagaron a los sicarios
y su corazón se complació con ello. Estamos viendo,
ya desde entonces, conductas que aún hoy se repiten.
Los hombres no cambiamos... y ¡los arquitectos tampoco!
En esta historia se han visto no pocos arquetipos y algún
que otro arquitecto de por medio.
En Jerusalén la pena y el dolor cunde entre los gremios
de constructores, la sublevación se presiente. Salomón
ha de aplicar toda su sabiduría, que es mucha, en acallar
las voces que le imputan el crimen, los levitas y los militares
acallan la disidencia y los gremios se disuelven.
Antes de ello, y tras el crimen, la reina de Saba abandonará Jerusalén
llevando en su vientre la semilla de Hiram. Nacerá un
niño. Este niño, su hijo, y los hijos de su hijo
y su siguiente descendencia serán llamados, en adelante,
los «hijos de la viuda». Con esta apelación
se conoce en el mundo iniciático a los constructores,
por extensión se han autoproclamado de tal origen todos
aquellos que ven en la vía iniciática del simbolismo
occidental de origen judeo cristiano un camino de perfección
individual.
Todo esto terminará con el enterramiento clandestino
de Hiram en un campo abandonado. Su tumba quedará sin
señal. Sobre ella, no obstante, nacerá una acacia,
que parece alimentarse de la savia del maestro arquitecto.
Por ello esa tumba será descubierta, por lo singular
de la existencia de tan lozano árbol en aquel paraje
desolado. En adelante la acacia se denominará, en el
mundo esotérico, el árbol de la sabiduría
y apelar a su conocimiento será una manera de reconocerse
entre sí los maestros constructores.
(1) Representación satírica de
una logia masónica (1747). Es una evocación de
las perspectivas de Vatable y Arias Montano del Templo de Jerusalén.
(2) Lámina francmasona (Inglaterra, ca. 1780).
(3) Ketima Vere, Der compass der Weisen (El compás de
los sabios), Berlín, 1782.
La Revista Hiram Abif es pluricultural, que engloba temas
de masonería, esotéricos, culturales, de reflexión,
en general es ecléctica. Se nutre de temas que envían
a la redacción de la revista HH.·. que viven
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