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Iniciación masónica
Por: F. José Hornero

Cumplo hoy con la hermosa tradición de transmitiros las impresiones y vivencias de mi iniciación. He tardado, pero entiendo que ha debido ser así. De haber tenido que cumplir con este placentero compromiso días después de mi iniciación me hubiera resultado especialmente difícil y complicado. Los días y el paso del tiempo han permitido que en mi memoria y en mi razón se ordenaran recuerdos y sensaciones intensas.

A pesar de todo, y por mucho que me empeñe, creo que no seré capaz de transmitiros con fidelidad la parte más especial, y para mí más importante, como fueron la percepción y los sentimientos experimentados en aquellos momentos, porque entiendo e imagino que, como para todos vosotros, resulta una vivencia única y, siendo igual, siempre diferente. Y son ese tipo de vivencias las que quedan en la parte más íntima de nuestro corazón, de nuestra alma o de nuestra memoria y por ese mismo motivo son las más difíciles de expresar.

Dicho lo cual, y aunque sea con las dificultades ya apuntadas, quiero haceros partícipes de algo muy especial para mí. Al hacerlo tengo la sensación del viajero que, a su regreso, comparte con sus amigos los recuerdos del viaje. Un viaje, al que se me invitó después de meditar sobre su valor y significado y no sin mucho preguntarme por lo que habría al final del mismo; con esas íntimas dudas que todos albergamos acerca de lo que buscamos y el deseo de saber si encontraremos la recompensa de su hallazgo.

Os diré que fue un viaje que voluntaria y deliberadamente acometí sin consultar rutas ni guías, por que quería descubrirlo con ojos limpios y nuevos. Decidido y sin miedo me dispuse a emprenderlo, porque siempre he entendido que en la libertad no hay miedo y libre me sentí al iniciarlo y libre fui en todo momento para abandonarlo.

He de deciros que al iniciarlo se me hizo saber, como intuí en mis reflexiones previas, que necesitaría muy poco pertrecho y que, en todo caso, ese pertrecho, sin yo saberlo, ya venía conmigo.

Un viaje en el que no os puedo negar que sus preparativos me inquietaron, no comprendía la necesidad de que se me privara o se limitaran mis sentidos cuando una de mis más poderosas motivaciones al emprenderlo era ver y conocer.

Os contaré que esa inquietud pronto desapareció cuando en auxilio de mis mermados sentidos acudió una mano firme que ayudó a que mis primeros pasos, siendo torpes al adentrarse en lo desconocido, resultasen un poco más seguros. Mi temor a caer o tropezar desaparecía, poco a poco, al saber que no estaba solo y esta sensación no me abandonó en ningún momento.

Os anticipo que a medida que las etapas de mi viaje se sucedían, comprendía que cada paso encontraba su justificación en el anterior y que toda mi ruta y la forma en la que se me invitaba a proseguir en ella obedecía a antiguas y poderosas razones y no era fruto del azar o el capricho.

Desde el instante en el que traspasé la puerta de embarque mis recuerdos no mantienen sensación física de espacio o tiempo. Esa misma ausencia de sensación me ayudó a concentrarme en mi empresa y a comprender con prontitud que la culminación del viaje dependía de mi resolución y que ella sería puesta a prueba.

Llegados a este punto os diré que fueron severas voces las que inquirieron de mí respuestas alas más variadas cuestiones y fueron esas mismas voces las que me invitaron a someterme a pruebas que mi resolución aceptaba de buen agrado. Eran voces en las que detrás de su tono firme percibí el interés por mi persona.

Mi desconcierto y dificultades iniciales se iban tornando en firmeza, de este modo las jornadas que en un principio se me antojaran difíciles fueron haciéndose más accesibles gracias a una seguridad que me transmitía el entorno y que yo mismo percibía como se asentaba en mi interior. De este modo he de contaros que esas mismas voces que en su primera impresión encontré severas y adustas comenzaban a revelarse con familiaridad y desprendían una afectiva sensación de acogida.

Finalmente os diré que fui marcado y juramentado, símbolos que me agradaron especialmente y con los que me sentí llevado a tiempos lejanos en los que el pacto tenían un valor y significación mucho más profunda y vital que la mera convención.

Al final del viaje, una vez recobrada la plenitud de mis sentidos y con un vivo sentimiento de pertenencia y compromiso, supe que comenzaba un nuevo viaje, que en esta ocasión no emprendería solo y para el que contaba con compañeros que entendían y compartían la necesidad que me había llevado hasta ellos.

Si después de haber escuchado las palabras con las que he ordenado mi relato habéis adivinado o quizás encontrado en ellas el sentimiento y la huella que a todos nos deja una experiencia única, creedlo, porque así fue, mis queridos hermanos.

Fuente: Revista Masónica Acacia No. 14

 

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